La Claqueta del Outsider
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Mundanidades

Diego, la felicidad de otros

Hace unos años, viendo Caiga Quien Caiga, en su segunda etapa en Telecinco, el reportero de turno, creo que Juanra Bonet, fue a cubrir un acto en el que había argentinos. No recuerdo si era en Argentina o en la embajada argentina en Madrid, tampoco es relevante. Ya en el aperitivo que clausuraba el acto, la broma consistía en que el reportero rajaba de Maradona en voz alta para que le escucharan los asistentes. Los corrillos de gente charlando se iban callando, o uno hablaba y los demás callaban sin hacer caso, mientras miraban al desgraciado que se atrevía a blasfemar descaradamente. Miraban con cara de «sujétame el cubata, tengo que resolver un asunto familiar». Había gente que se iba de allí, desternillante ver las reacciones. Ese día supe que Maradona era un familiar más en casa de cada argentino.

Hoy he sabido que Diego era un familiar en cada casa en la que haya habido un balón con las costuras descosidas. No voy a hablar de cifras ni palmarés, sacar el ábaco con una leyenda de este calibre tiene el mismo sentido que comer pipas peladas. Tampoco voy a entrar en si fue el mejor de la historia o no. Hay futbolistas que traspasan la barrera de los números y nos hacen recordar que el fútbol no es una ciencia exacta, jugadores que han nacido para hacer feliz a la gente.

Hay un famoso vídeo de Maradona calentando mientras baila el «Live is life», una canción horrorosa, de hombreras y laca. Con cada toque de Diego al balón, la canción es letal, Diego la convierte en el Jumpin' Jack Flash. Diego hizo del fútbol algo estético. Yo todavía me compro dos tallas menos de pantalón corto, porque nadie lleva los pantalones como Maradona en los 80 y nunca habrá una equipación tan bonita como la Le Coq Sportif de Argentina en México 86. Cuando Diego la llevaba puesta, parecía Monica Bellucci con una copa de vino en la Toscana.

Cualquiera que haya rebobinado un VHS, antes de devolver la película al videoclub, sabe que Maradona fue una vara de medir. «Anda este, se cree Maradona». Todavía hoy, se oye mucho esta aseveración, debería estar incluida en el refranero español.

Maradona es un poeta maldito, como James Dean o Kurt Cobain, una estrella de la vida al que gustó en exceso el solo de guitarra sin guitarra. Un ídolo de barrio, de ricos y pobres, de gangsters y gente de bien, y nunca nos ha importado. Era capaz de amansar y ablandar como el agua el corazón de todos ellos.

Estos últimos años Diego daba sensación de una fragilidad aterradora, era un pájaro sin luz, como el del naranjo en flor de Calamaro. El piano de su vida tocaba para réquiem desde hace demasiado tiempo, el tiempo en que ver su imagen por otro escándalo nos entristecía. Por suerte, lo bueno prevalece.

Muere la persona, descansa de este trajín de deterioro y nos queda la leyenda. Nos queda su melena en el campo y su carisma. Nos queda su cara desencajada mirando a la cámara en el gol que metió en USA 94. Nos queda el Maradona que nombró Sorrentino justo después de Scorsese como una de sus cuatro inspiraciones en la vida, mientras sostenía un Oscar en la mano. Nos queda el Maradona de las canciones, el que no fue una persona cualquiera y el que nos volvía locos en Don Friolera al grito de «Maradó, Maradó». Nos quedan las lágrimas de mi amigo Leo, mientras recuerda los abrazos inmortales con su padre.

Y nos quedará, para siempre, el mejor gol jamás narrado, el tatatataaaaa de Víctor Hugo Morales… «de qué planeta viniste, barrilete cósmico».

Como alguien le dijo, «no importa lo que hicieras con tu vida, Diego, importa lo que hiciste con la mía». Descansa en paz, genio.