La Claqueta del Outsider
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Música

El Outsider

Un buen día de otoño, mientras un sol de carretera se recostaba en el horizonte crepuscular de la árida autovía que une Puertollano con Poblete, me disponía a visitar a mi abuela Eulalia. Stones o Creedence suele acompañarme en el trayecto, pero era hora punta en Radio 3 y empezó a sonar algo que decía «cegados por el sol, el cielo es de vinilo» con un rollito road movie que me hizo sentir Sean Penn girando al infierno, en busca de las piernas de Jennifer López, mientras ella cambia las cortinas. Shazameé la canción, era Mezcalito de Ángel Stanich.

En los días posteriores me sumergí en el camino ácido de sus letras y melodías, que nada tenían que ver con las bandas relacionadas que recomienda Spotify. Ni a las que indica Spotify ni a ninguna otra, porque no hay nada que se parezca a Stanich.

Hace unas semanas, tuve la ocasión de verlo en directo, por primera vez, en una delicia de concierto con el maestro Pancho Varona. El propio Pancho comenzó el show, en Galileo, diciendo: «facsímil, Bukowski, Janis, Bob Dylan, Ortega y Gasset, Campos de Criptana, Las Indias, Jalabert, Manuel Campo Vidal, Kruschev, Galicia Calidade, el ministerio del tiempo… ¿qué tipo de treinta y pocos años escribe así, hoy día?»

La respuesta es un tipo misterioso del que sólo se sabe por el boca a boca. Sabemos que es cántabro, que estudió periodismo en Valladolid y que fue allí donde El Meister —Javier Vielba, de Arizona Baby— le conoció y produjo su primer disco, una obra maestra llamada Camino ácido. En los mentideros se le conoce como «el ermitaño del rock». No concede entrevistas. Y como no las concede, tampoco sabemos, a ciencia cierta, por qué no las concede, enigma sin resolver.

Escuchas sus discos y crees saber mucho de él, pero nada de eso. En este país, colocar etiquetas es deporte rey, así que yo tenía en mi mente una noción de lo que podía ser Stanich. Le imaginaba un Chinaski del siglo XXI: rockero antisistema de carácter amargo, bebedor compulsivo de latas de cerveza tiradas por casa, consumidor de diversos estupefacientes, con una vida desordenada y poco aseada, con ganas de reivindicar el catecismo del músico semifracasado con ganas de escalar… y llegas a pensar que es todo una pose para vender el producto.

Pero empiezas a bucear en sus actuaciones en Youtube y ves a un tío majo y limpio. Su barba reluce, su melena también. Sonríe y hace bromas, que encima tienen gracia. Sesenta y pocos kilos de pura energía subidos en botas Nashville y unos pitillos sujetados por tirantes.

Das un paso más, vas a verle en directo y compruebas que bebe Nestea y Solán de Cabras y rehúsa los chupitos de José Cuervo que le ofrecen, y es cuando no entiendes nada. Un tipo que habla de ponerse «hasta el culo de peyote» en sus canciones, bebe té y agua. Ése es Ángel Stanich, un tipo indescifrable, un auténtico outsider con una personalidad arrolladora, que rompe el molde y se aleja de cánones y clichés.

Un soplo de aire fresco que nos da un respiro entre tanta mediocridad musical y social, con ese don para escribir que sólo tienen los elegidos. Con apenas dos discos, y algún racimo suelto de joyas aisladas, detectas el sello de autor de los tocados por la varita. Eso que los hace tan personales y diferentes a los demás. Eso que tienen artistas como Sabina, Calamaro o Quique González y no se enseña en academias de programas de televisión ni en despachos de productoras random con ganas de sonar en cadenas de radio con números, lo mismo da cienes que cuarentas.

Seguiremos sin saber nada de su vida personal, ni de sus pretensiones con esa —para mí loable— actitud, ni falta que nos hace. Nos sobra con sus discos y sus canciones, con sus letras ocurrentes y punzantes, con su sonido inclasificable —a ver cómo explicas el sonido Stanich— y sus coñas en el escenario y, sobre todo, nos sobra con su talento innato