Cine y Series
Érase una vez... un maravilloso descalzaperros
Érase una vez en… Hollywood tenía, a priori, todos los ingredientes para ser una obra superior y salgo de la sala pensando que Tarantino ha tocado techo con este magnífico ejercicio de cine, plagado de homenajes, guiños y referencias.
Tarantino vacía sus bolsillos de halagos hacia todos los actores que forman parte de un reparto: Los especialistas como Cliff Booth, interpretado por Brad Pitt, con un look setenter que le hace aun más heredero de Robert Redford. Hasta haciendo de antihéroe deja un poso de ganador que lo tiene todo bajo control. Leyendas como Steve McQueen tienen su cuota de pantalla. Estrellas del momento iconizadas por su desbordante belleza como Sharon Tate. Y, sobre todo, homenajea a buenos actores que pasan de puntillas por el cine a pesar de su talento. Con esto, no sólo está homenajeando a estos actores, también es una manera autocomplaciente de halagarse por haber sacado del ostracismo a actores como John Travolta, Harvey Keitel, Don Johnson, David Carradine, Kurt Russell o el malogrado Luke Perry. Actores fuera de órbita que sólo necesitaban alguien que les volviera a dar una oportunidad. Rick Dalton no tuvo la oportunidad, pero Quentin ha querido rendir tributo a esos actores en la piel del mejor del momento, Leonardo DiCaprio.
Tras los actores, otra parte importante en la película y en su filmografía son los diferentes géneros cinematográficos. Tenemos guiños al Hollywood más clásico, al cine de terror ochentero (con Brad Pitt en el rancho), a series policiacas que hasta los ciegos veían, a publicidad post Mad Men, road movies como Easy Rider (cuando Rick Dalton llama «Dennis Hopper» al hippie del coche en su puerta, en una escena desternillante), spaguetti western que actores con ego no querían interpretar pero gustaban al gran público, western clásicos, artes marciales de la mano de Bruce Lee, y, cómo no, existen referencias a su propio cine, un cine inclasificable que abarca todo lo anterior. Porque Quentin, en su juventud, lo mismo bebía tequila que batido de fresa.
Homenajes a parte, la película es un maravilloso descalzaperros que nos lleva a varias velocidades y no podemos atender a todas a la vez. Queremos seguir el ritmo de las botas blancas que sustentan la turgencia de las piernas de Margot Robbie entrando a un cine, cuando una hippie, que nos recuerda a la hermana de Kevin Arnold, pone sus tarantinianos pies en el salpicadero del coche de Brad Pitt, que, sin Thelma ni Louise, sube una marcha más al asunto, con una radio que escupe el preludio del Woodstock del 69. Los tiempos estaban cambiando, que decía aquél.
En medio de esta vorágine, nos tomamos un respiro y un mezcal con el bigote desencadenado de DiCaprio. La química entre los dos protagonistas trae consigo los momentos más divertidos, parecen ser tan amigos como Dalton y Booth, y es más que probable que se cogieran una buena chuza de margaritas juntos, bailando con Los Bravos, al terminar el rodaje. Con este buen rollo de telón de fondo y Brad Pitt fumándose un cigarrillo bañado en ácido, a nuestra lista de deseos de amazon sólo le faltaba un derroche de violencia exagerada, gratuita pero muy necesaria, que nos recuerda lo que hemos venido a ver. Con la fugacidad de una contra del Madrid de Mourinho, la sangre empapa todos los rincones del escenario. Como colofón, cuando pensábamos que DiCaprio huía de la piscina para estrellar su Lamborgini blanco, se quita la careta de Wall Street y hace un all in con su lanzallamas. Querríamos pedir el VAR para poder ver la escena otra vez, seguro que nos hemos perdido algo. Esto debía ser el día épico que nos contaba Stanich.
No falta el sarcasmo en la trama, que se hace más explícito cuando desenmascara la doble moralidad de una parte importante del movimiento hippie, que lejos de la paz y el amor que predican, traen odio, discriminación y violencia a la cinta. También lanza un polémico dardo al puritanismo llevado al esperpento en que se ha convertido el #Metoo, cuando Brad Pitt pide la documentación a la joven hippie con la que parece haber ligado.
La película es un compendio de cosas buenas, ambientada en una época inmejorable para el lucimiento estético, musical, artístico y social que sólo tiene un pero, a Al Pacino no hay dios que lo resucite de la mediocridad, alguien le robó la capacidad de transmitir hace 40 años y no se la ha devuelto. En las antípodas, Leonardo de DiCaprio, con otro papel merecedor de estatuilla, vuelve a demostrar que es el actor más versátil que jamás haya existido. Puede que haya alguno mejor, pero nadie domina tantos registros con tanta brillantez. Brad Pitt, Margot Robbie y el resto del elenco funcionan a la perfección, sorprendiendo la frescura de Margaret Qualley, una actriz con mucho potencial que ya conocimos en The Leftovers.
Queda una película menos para que Tarantino cuelgue la claqueta, hemos gastado otra bala, quizá la mejor de todas ellas.