Cine y Series
La enfermedad del domingo
Sorprende la escasa repercusión que ha tenido “La enfermedad del domingo”. Apenas se han acordado de ella en nominaciones y premios, consiguiendo sólo el Goya a mejor actriz para Susi Sánchez.
Ya en el primer fotograma, Ramón Salazar da muestras del lirismo que sangra la película, de principio a fin, poniendo el rótulo con el nombre de las protagonistas a dos árboles que se entrometen en la intimidad de la niebla con el bosque, tan bello como desolado sobre la hoja seca del otoño. Es en este idílico paraje donde transcurre el reencuentro de una madre y una hija que llevan 35 años sin verse.
Susi Sánchez interpreta a Anabel, madre con sentimiento de culpa que no termina de entregarse, por la hostilidad de su hija Chiara (Bárbara Lennie). En los atronadores silencios y miradas de las actrices es donde surge la tensión y la magia de la ópera prima del director malagueño.
A mitad de función, Anabel baila al son de The Mamas and the Papas y su “Dream a Little, dream of me” y es aquí cuando ambas prorrumpen las cadenas que las atenazan y empiezan a paladear los roles de madre e hija, alcanzando el momento cenital en un paseo casi onírico por la nieve. La secuencia es una oda al cine en todas sus vertientes. Durante dos minutos y medio los violines y pianos dirigidos por Nico Casal convergen con las actrices en un viaje en trineo, donde, sin decir una palabra, dibujan en sus rostros felicidad, tristeza, desasosiego, resignación, paz, ira, alivio y dolor, mucho dolor. Es aquí donde Bárbara Lennie se siente más cómoda, desnudando el alma de su personaje sin dejarse nada, ahogando en sus sentimientos al espectador. No hay una actriz española que transmita tanto, con esa naturalidad innata.
Susi y Bárbara ponen la guinda en la escena final, donde el drama alcanza cotas infinitas. Desde “Manchester frente al mar” no me dejaba tan mal cuerpo una película.