Cine y Series
La gloria por bandera
Como suele suceder cuando Almodóvar estrena, semana movida en Twitter. Mayoría absolutísima de detractores que, curiosamente, siguen viendo las películas del cineasta manchego pese a no gustarles nada de lo que hace. Hubo un tiempo en que fui enfático detractor, más por una cuestión ideológica que por su cine. Culpa suya, por otra parte. Nunca entenderé al personaje que aprovecha su fama para despreciar y atacar la inteligencia del que vota diferente. Puedo entender que se mojen y ataquen públicamente a un presidente del gobierno y sus decisiones, pero no que desprecien e insulten a los que han votado a ese presidente. Y es algo que sucede demasiado en este gremio, ahí reside el rechazo de mucha gente a ver cine patrio. Error de ambos bandos.
Tópicos y prejuicios aparte, dentro de su cine encontramos obras buenas, malas y ni frío ni calor, aunque todas ellas con un sello muy personal y reconocible. Las últimas son muy buenas, exceptuando «Los amantes pasajeros», que fue una atrocidad infumable, más cerca de la vergüenza ajena que de la comedia.
«Dolor y Gloria» es un compendio de cine almodovariano en todas sus épocas. Recupera el costumbrismo de «Volver», nuevamente con el rostro de Penélope Cruz y su naturalidad en el río, lavando la ropa sobre una pila mientras coplea «a la vera» de sus vecinas. Al igual que en «Julieta», aunque la trama sucede en la actualidad, son frecuentes los decorados ochenteros en la viviendas, estilo visual marca de la casa. También tenemos cine dentro del cine, teatro, homosexualidad y heroína, temas muy recurrentes en su dilatada filmografía. El director mezcla este racimo de ingredientes con maestría y alcanza «la gloria» rebajando varios decibelios la tensión que suelen tener sus melodramas, como si hubiera vertido el guión en el yogur líquido aderezado con oxicodona que ingiere a diario Salvador, el protagonista al que da vida Antonio Banderas, que, más que nunca, es un álter ego del director. Almodóvar se sienta al otro lado del diván y vomita una confesión llena de miedos, traumas y «dolor» físico y mental. Lanza una moraleja sobre la mejor terapia para huir del dolor y alcanzar la gloria, volcarse en su pasión, en este caso, hacer cine, excusándose a la vez por haberse apartado de familia y compromisos sociales.
Mis películas favoritas de Almodóvar tienen un denominador común, las protagoniza Antonio Banderas, un actor excelso al que no se valora en su justa medida, que no es poca. El malagueño juega con su personaje haciéndonos creer que es Almodóvar sin caer en la imitación y coronándose con la que es, hasta hoy, la mejor interpretación de su carrera.
Sobresaliente, como siempre, la batuta de Alberto Iglesias, que pone la guinda con su música a este cóctel de analgésicos, con más gloria que dolor. ����������������������������������������������������������