La Claqueta del Outsider
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Deporte

La hora de los rituales

“Van a hacerlo otra vez”. Se repetía sobre las 22:30 de la noche en la grada del Bernabéu, en bares, grupos de WhatsApp, y en sofás de casa. Hasta el que vio el partido solo, se lo comentó a su cerebro. El Bayern había cometido la tremenda irresponsabilidad de querer quitarle la chuleta al león en su guarida. Horas antes, mi amigo Carlos me escribía apesadumbrado “Nuestro estado de ánimo de los próximos días no puede depender de esto con 40 años”. Yo, que abrazo el oxímoron de esta sana enfermedad, le rebatía, pues venero los nervios del preludio, esa sensación de vulnerabilidad y paranoia, ese disfrute del sufrimiento. La hora de los rituales se había desatado. Javi siempre pasa por la misma calle de camino al bar en el que ve el fútbol, aunque le pille mal esa ruta, siempre con la misma ropa, la camiseta de Casemiro de las tardes europeas. José siempre bebe Paulaner en estas eliminatorias -tiene más efecto en los partidos de vuelta- y cuando se culmina la remontada alza la su botella como una Copa de Europa sin orejas. Javier reza por cruzarse un gato negro, símbolo de mala suerte al que el Madrid ha dado la vuelta como sólo él sabe hacerlo. Fran me envía una foto con la camiseta puesta mientras fuma risas en su balcón en el exilio helvético, mientras ve la llegada busiana con la nostalgia del que quiere a su tierra de lejos y la extraña de cerca.

Miguel no come queso estos días, porque detesta el queso y nunca come queso, nadie es un diez. Él es el Sancho de esta historia y ve molinos donde los demás vemos gigantes. No necesita contragafes y elige el mantra de Benito Floro pero con mejor balance. Exterioriza lo que todos pensamos en realidad, que el Madrid va a ganar porque es el mejor y porque esa es la magia del Bernabéu. Porque la única pata de conejo es una camiseta blanca y un escudo redondito que es un frontón, cuanto más fuerte le lances la pelota más fuerte te la va a devolver. Por eso, cuando el Bayern marcó, todos dibujamos media sonrisa, miramos a nuestro compañero de partido y asentimos con un “ahora sí”. Se activan las alarmas y el Bernabéu se convierte en Arkham. Los aficionados se remangan las camisas de fuerza y rugen de manera torrencial hasta que los rivales se paralizan por arte de magia ante este movimiento sísmico, conscientes de que no pueden parar el mar con las manos. Cuando el Bayern despertó de la parálisis, Rüdiger ya estaba bailando en las escaleras de Joker. Dicen que la muerte nos hace iguales a todos los humanos, el Madrid también lo hace. Hace iguales a Sergio Ramos y a Vallejo, a Ronaldo y a Joselu, al jugador y al aficionado, da igual que seas rico o pobre, guapo o feo, soltero o casado, de izquierdas o de derechas… el Madrid hace iguales a los que siguen su liturgia. Nos hace vulnerables en la previa e inmortales en el desenlace. Por eso somos el Madrid y los que no lo son, están renunciando voluntariamente a la felicidad.