La Claqueta del Outsider
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Cine y Series

Las gafas de Maverick

Desde que tengo edad para llevar gafas de sol, se han puesto de moda las arnette, las carrera, gafas grandes, más pequeñas, con la montura de colores, hippies, un cordoncillo ridículo para llevarlas al cuello… Yo solo he tenido dos, las de aviador y las wayfarer, o lo que es lo mismo, las de Tom Cruise en Top Gun y las de Tom Cruise en Risky Business. Tampoco es que yo sea el tipo más atrevido del barrio con mi look, pero desde bien pequeño Tom siempre me pareció el tío más molón de la estantería del videoclub.

Los viernes solía alquilar el estreno de turno, que me había guardado Santi, la madre de mi amigo Pedri, para que no se me adelantara nadie. Pero si no había estreno, ahí estaba Tom con sus gafas de sol. Al final, terminaba cogiendo Top Gun o Terminator, que también llevaba gafas de sol, pero no como las de Tom.

Qué bonita era la liturgia del videoclub, algo parecido a lo que hacemos ahora con las plataformas, pero dando vueltas por un pasillo en vez de estar pasando con el dedo. Media hora dando rodeos para acabar viendo algo que ya has visto. Las 200 pelas las pagabas por la peli y por el derecho a ese maravilloso paseo por el videoclub. Todavía recuerdo el olor del Vídeo Chus.

30 años después, acudo al cine con miedo a que la secuela de Top Gun nos decepcione, pero ya en los primeros compases suena el Danger Zone de Kenny Loggins y Josep Kosinsky se convierte en el flautista de Hamelin de toda una generación. Esas baladas ochenteras que normalmente detesto, salvo que hayan salido en un blockbuster de la época.

Rooster, hijo del mítico Goose, tocando Great balls of fire.

La cinta viene cargada de guiños, alcanzando su cénit con el hijo de Goose tocando el piano en ese pub con billar al que iría si algún día decidiera tomarme mi primera cerveza. Aciertan dejando la letra sin doblar al castellano, pero que levante la mano el que no cantara en su butaca “tengo los nervios a flor de piel, y el cerebro a punto de estallar…”. Épico.

Al margen de la nostalgia, la película es buena. Un guion sencillo y muy previsible que consigue entretenernos durante más de dos horas. Además, nos recomienda a los puretas que dejemos que nuestros hijos cometan sus propios errores, si no queremos perderlos. Apuntado.

Si algo tuvo la primera entrega de Top Gun, es que envejeció muy bien. Casi tan bien como Jennifer Conelly y Tom Cruise, que sigue en plena forma, con o sin gafas. Aparte de su buen aspecto físico, sigue convenciendo a cualquiera, como ha hecho con 20, con 30 y con 40, anteriormente. Le da igual estar ante un juez, contra Jack Nicholson, que en un salón lleno de divorciadas. Con el hola ya nos tiene. Y es que Tom tiene un buen puñado de discursos emotivos que nos embaucan a través de sus ojos vidriosos y el temblor de su mandíbula apretada. Un actor muy infravalorado, no sé por qué. Quizá le perjudique la cienciología, ser un galán de Hollywood o bajar al barro a hacer películas entretenidas. Un poco lo que le pasaba a Beckham.

El caso es que Tom siempre está bien y hace que sus compañeros de reparto estén bien. En esta secuela vuelve a hacerlo, descorchando este champagne de nostalgia videoclubera para rociarnos con él, como hacía cuando ganaba carreras en Días de trueno.