La Claqueta del Outsider
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Mundanidades

Los abrazos rotos

En estas históricas semanas estamos viviendo nuestro día de la marmota particular, sólo que en nuestra rutina nos acercamos mucho más a Leonardo DiCaprio en «El aviador» que a Bill Murray. Quién me iba a decir que iba a pulsar la luz del rellano con el codo o a lavarme las manos hasta hacerme sangre, como Howard Hughes.

Hemos vuelto al trivial, al parchís y a la pocha. El mus se perdió en un estribillo de reguetón y playstation. Algunos no fumamos pero damos caladas a Netflix, Prime Video, Movistar Plus y HBO, que es el habano bueno. Teldeporte está reponiendo etapas noventeras del Tour, lo que me obliga a escribir del ciclismo sin pinganillo, próximamente. Bendita infancia.

Derrochamos risas en videollamadas, qué fácil es disfrutar de los tuyos y qué difícil lo hacíamos antes de este calvario. No hay mejor pegamento que el dolor compartido. A las 20:15 se nos disparan las ganas de interactuar con nuestros soldados (padres, hermanos, ahijados, sobrinos y amigos). Salimos cada tarde a nuestro coliseo romano, como si Espartaco o Máximo Décimo Meridio estuvieran lidiando con leones en el ruedo. La liturgia vecinal lleva la empatía a cotas infinitas. Aunque se precipitan todos los días dos minutos, quieres más a tus vecinos que antes.

Ese aplauso es para todos los que están jugándose la vida por nosotros, pero yo, cuando veo esas siluetas sin rostro en los balcones sólo pienso en abrazar a mis soldados. Los abrazos rotos por esta distopía, que es realidad.

El ritual es tan emotivo como triste. Los que tenemos bebés aprovechamos para compartir la alegría o digerir la tristeza con ellos. Quemamos reloj cambiando pañales mientras dormimos elefantes con sonajeros de coco y, cuando mamá no mira, sustituimos la raya en el pelo por una cresta y rockandrolleamos frente al espejo. Esas carcajadas son la mejor coartada para ver el vaso lleno y medio.

Para cerrar el día, saco a pasear a mi otro hijo, el de cuatro patas que orina a tres y nunca te deja cenar solo, you'll never eat alone. Es el único de la familia que no ha perdido con el cambio.

El paseo nocturno es el momento en el que soy consciente de que hay dos pilares sobre los que se sustenta nuestra privilegiada vida occidental: la salud y la libertad. Se nos pasa la vida quejándonos de nuestros jefes, del calor y del frío, de que nos duele algo, de que no nos toca la lotería, echando la culpa a los demás de nuestros errores… Este virus ha puesto en jaque todas nuestras pretensiones, ambiciones y lamentos.

No sabemos cómo ni cuándo nos levantaremos de este mazazo, no sabemos los soldados que vamos a perder en el camino en esta guerra fría, ni siquiera sabemos cuándo dejaremos de darle la vuelta a este reloj de arena infinita. La incertidumbre es lo que le da un cariz agónico a estos días.

Queda lo peor de esta guerra y pasará tiempo hasta que salgamos sin miedo de la trinchera, pero volveremos los viernes al cine, saltaremos en conciertos y celebraremos victorias en el vestuario. Y volveremos al sofá de casa, también, pero para ver al Madrid los sábados y a los Packers los domingos. Este infierno cambiará nuestras vidas para siempre, enfoquémoslo de la mejor manera posible y no dejemos que nuestros hijos nos miren a la cara un día y nos pregunten por qué no nos abrazamos. El «ésta es tu vida» de los Hombres G cobra más sentido que nunca.