La Claqueta del Outsider
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Cine y Series

Los otoños de Woody

2020 es un año para tirar al vertedero sin opción de reciclaje, pero este otoño ha vuelto a traerme todo lo que necesito para subsistir. Bajan las temperaturas, empieza la NFL y se estrena la peli de Woody Allen de todos los años. O casi todos, el “me too” tuvo más fuerza hace un par de otoños que el virus ahora. Matriarcado dos, Covid cero.Rifkin’s festival está por debajo de sus últimas grandes obras, Café Society y Día de lluvia en NY, pero mantiene la media de lo que viene haciendo últimamente.

La exuberancia del óleo San Sebastián-Elena Anaya mantiene el idilio, pese a una trama menor. El terraceo cerrando el verano donostiarra ayuda a Storaro a ofrecernos alguna instantánea envidiable y empiezo a echar cuentas de los años que me quedan para jubilarme e instalarme en la capital guipuzcoana.

Allen se pone en el espejo para reírse de sí mismo. Por un lado señala la pedantería del joven director independiente, por otro muestra todas sus inseguridades y miedos en el personaje que interpreta Wallace Shawn, el álter ego elegido para la ocasión. Las cuatro o cinco carcajadas, tan copyright como el clarinete y las gafas del cineasta de Brooklyn, llegan con la ironía de este personaje. La acidez de sus reflexiones y las jocosas respuestas en cada diálogo del metraje, ya valen la entrada. El perdedor alleniano que termina ganando por accidente, se queda sin flor esta vez. Tenemos un perdedor con mayúsculas. Tal vez tenga que ver con el estado de ánimo de Woody cuando escribió el guion.

El reparto está genial y la química fluye en todos los diálogos. Brillantes Gina Gershon y Elena Anaya. Como puntos negativos, la falta de lluvia y la sobreexplotación del personaje de Sergi Gómez, que aunque tiene presencia testimonial, redunda en algo ya visto en Vicky Cristina Barcelona. Suple esta reiteración con la magia de la parte onírica, que utiliza para homenajear clásicos del cine europeo. La divertidísima aparición final de Christoph Waltz pone la guinda a otra obra, que, sin ser redonda, lleva el sello inconfundible del neoyorquino. No te canses nunca, Woody.