La Claqueta del Outsider
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Cine y Series

Patria, el odio se cocinaba en bata

Me pongo a escribir sobre Patria justo cuando los herederos de la banda terrorista ETA apoyan los PGE, ironías de la vida. El estreno de esta maravillosa serie llegó envuelto en polémica por un cartel equidistante y poco acertado antes de su estreno en HBO. Aunque el desarrollo de la serie disipa equidistancias, no falta gente que se ha negado a verla por esa promoción. No soy partidario de estos boicots culturales por temas ajenos a la obra en cuestión.

La producción consigue crear el ambiente que se respira leyendo la novela. Esa lluvia de capucha que te hace encoger los hombros y acelerar al cruzar una calle para refugiarte del agua bajo el relieve de las cornisas, deslizando el apoyo con cautela, por miedo a resbalar. Algo así debían sentir los colectivos amenazados por estos asesinos en los llamados «años de plomo». Empresarios, políticos, guardias civiles, policías y un largo etcétera de personas que no podían pisar firme, que tenían que mirar de refilón al salir del portal y sin refilón debajo de su coche, que cambiaban sus trayectos al trabajo para despistar a sus exterminadores.

Muchos se fueron a otra comunidad y otros muchos al otro barrio, dejando una losa eterna a los que quedaban, con la ausencia sobre sus hombros, siendo víctimas a los que un entorno entre podrido y cagado, pretendía cargar un absurdo sentido de culpabilidad. Una sociedad atenazada que, en su mayoría, solo quería celebrar goles de Aldridge y coronar puertos como Lejarreta.

Patria transcurre en un tiempo en que tener dignidad se pagaba con sangre y dolor, como la del Txato y su familia. En los andares pesarosos y tristes de Bittori por la plaza del pueblo, no dejo de acordarme de mi madre en sus últimos pasos con algo de salud. Emotiva actuación de Elena Irureta, que lleva el peso de la trama junto a su amiga y antagonista en la serie. La mirada de pólvora de Miren, casi por encima de las cejas, ya forma parte de la historia de la ficción española. Ane Gabarain consigue que apretemos nuestra mandíbula desde los primeros compases, cuando aparta la cara a Joxian, que va a darle un beso de vino y mus al llegar a casa.

Una historia de víctimas y verdugos. Madres en bata que cocinaban el odio entre marmitakos y empanadillas. Un clero que vende su alma al diablo por la causa, el cura del pueblo es uno de los personajes más siniestros del relato, protegiendo a sus gudaris sin disimulo, por la gracia de dios. El Herrikotabernero que azuza, entre kalimotxos, a jóvenes de poco fuste a la guerra abertxale, mientras llena su cerdito de propinas para su causa. Por último, los que aprietan el gatillo tras un flequillo con RH negativo. Una horda de psicópatas que tuvo a la sociedad vasca enjaulada en un zulo tétrico, rodeado de pueblos de belleza superlativa, disfrazados de bosques y lluvia, como ir con corbata y sin camisa. Esto es Patria, una novela que nos cuenta cómo una cuestión de identidad se convirtió en una incomprensible e innecesaria carnicería, que rompió vínculos entre vascos durante décadas.

En el capítulo de cierre, San Ignacio de Loyola pretende dejarnos abierta la puerta de la redención, que perdonemos a los Joxemaris y a las Mirens que hoy miran a los leones del congreso por encima del hombro. Quizá Bittori pueda, a algunos todavía nos pesan las más de 800 familias que ponen bonitas las lápidas de los suyos cada 1 de Noviembre, familias que perdieron su felicidad entre goma-2 ECO y charcos de sangre.

Qué buen tipo era el Txato, por cierto.