Cine y Series
Roy Batty, el penúltimo existencialista
Hace unas semanas fallecía Rutger Hauer, un actor casi anónimo que siempre tendrá su rinconcito de gloria entre las hordas cinéfilas por haber interpretado a Roy Batty, el replicante con aura.
Que Blade Runner es una obra maestra está fuera de duda, si no lo consideras así, deja de leerme y ve al cine, que estás a tiempo de ver la quincuagésimo séptima película de Fast & Furious u otro atentado intelectual interpretado por Dani Rovira. Y si no la has visto, deja de leerme y ponte a verla, tienes una opción de ser feliz en Netflix, que la ha incluido en su catálogo recientemente. En Blade Runner todo es poético y filosófico. Artísticamente sublime, con escenarios apocalípticos en los que nos presentan la ciudad de Los Angeles como una urbe punk, oscura y deprimente como la New York scorsesiana de comienzos de los setenta, aliñada con rótulos futuristas más propios de Piccadilly o Tokio que de la soleada California.
Siempre es de noche, el humo de las hogueras en las calles se funde con el de las alcantarillas y las almas taciturnas siempre están huyendo a ninguna parte, de manera introspectiva. En medio de este caos, todos los locales de comida rápida parecen la Cantina de Chalmun, los bosques de cemento que describía El Robe en «última generación».
Entre todo este tinglado emerge la figura de Roy, el mejor de todos nosotros. Un villano con más carisma que Darth Vader, que no es baladí, con un manual de filosofía por cerebro. Roy indaga en todos los miedos y miserias del ser humano y termina ahogado en la tragedia shakespeariana que golpea sus entrañas de cobre. Llegando al tramo final, su creador resuelve sus dudas con una sentencia que hace añicos el hipotálamo de Roy: «la luz que brilla con el doble de intensidad, dura la mitad de tiempo». Su obsesión por la muerte nos muestra su fragilidad.
En el epílogo, pone a Deckard frente al espejo, derrotándole física y mentalmente, con su discurso existencialista tras perdonarle la muerte, abandonándose a la suya propia. El apego del replicante a la vida y su entorno pone en evidencia que hay más humanidad en una máquina programada que en los propios humanos. El sobrecogedor monólogo de las lágrimas en la lluvia en la azotea es una de las escenas más icónicas de la historia del cine y sorprende la atinada predicción que se hacía de lo que sería el mundo en 2019, teniendo en cuenta que fue estrenada en 1982. Cada palabra de Roy es un dardo envenenado a nuestra conciencia.
Decía Marilyn Manson que «éramos perfectos el día que perdimos nuestras almas«. Llegará el día que no lloraremos para no oxidarnos. Roy murió en 1982 llamando a la tierra, Rutger ha muerto 37 años después con el mismo vacío existencial que Roy y con peores perspectivas. Es hora de morir.
La puerta de Tannhäuser se cerró. Descansa en paz, replicante.