Mundanidades
San Isidro confinado
La pradera de San Isidro dormita su depresión en soledad, sin chulapos ni claveles. Este 15-M no huele a cerveza en la puerta del bar, ni a tortilla de patata ni a ensaladilla rusa. Ya va siendo hora de que le cambien el nombre por «ensaladilla madrileña», ¿acaso en San Petersburgo toman vermú a mediodía? Que se queden con el filete ruso, si quieren.
Tampoco huele a bocata de calamares, ni a croquetas de cocido, ni a chotis, ni a lechazo de asador en familia. No huele a «próxima parada, Manuel Becerra». Tarde de relumbrón la que pierde el pelotón que camina por Alcalá, cambiando almohadilla por mascarilla, toreando en la distancia a los vecinos que vienen cruzados en este paseíllo sin alamares.
No hay pipas, ni caramelos, ni latas de cerveza en cubos con hielo asomando a la monumental. Ni rastro de aroma a puro, mientras el acomodador da indicaciones al personal poco habitual en el tendido y los papelillos buscan su querencia. No hay murmullo, ni silencio indiferente de sepultura, ni bronca de palmas y pañuelo verde en el siete. ¡Hasta la tarde de decepción echamos de menos!
Sin farias entre los dientes ni chubasqueros de por si acaso, sin cartucho de periódico parasol, sin hermosas isidras desabotonadas por el sofocante calor de mayo, que suele pillarnos desprevenidos un año sí y otro también. No hay izquierda de Talavante ni de El Cid en el tercio de los sueños, no hay Timbales postrimeros, ni clarines, ni tienta en La Tienta, ni tertulia de arrimón tomasista en Casa Leandro.
No hay manzanilla, ni vuelta a casa con la alegría de una buena tarde de decepción, remontada en banderillas y boquerones en vinagre. No hay natural con la almohadilla esperando el ascensor, ni madroño para el oso, ni reservado en Chicote para Don Manuel.
Una tarde distinta a cualquier otro San Isidro, que decía Andrés.