La Claqueta del Outsider
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Deporte

Superdepor, la Estrella de Galicia

Otoño del 93. Como cada sábado llego a casa con una bolsa de gublins, sangre en alguna rodilla y las manos y la cara negras de jugar en la calle o el colegio, donde tocara. Mientras mi madre me llena la bañera, procedo a llevar la tele de la cocina al baño en un carrito, preparado para ver el partido de las autonómicas entre espuma, burbujas y tiempo de juego, tiempo de García. La inconfundible narración de Gaspar Rosety y el “Terry, tú y a por todas”, la banda sonora de nuestra vida.

Ese día se me indigestó el baño viendo a Claudio Barragán haciendo el idiota después de cada gol. Siempre le odié por aquella celebración, aquel día. Nos metieron cuatro y el depor, revelación de la temporada anterior, se postulaba como candidato a permanecer arriba. Una vez pasado el cabreo, empecé a coquetear con aquel Depor, que terminó seduciéndonos a todos, la Estrella de Galicia de los 90. Me compré la camiseta, una de las más bonitas de entonces. Era Umbro, con cuello abotonado y Feiraco en verde como patrocinador. Me quedaba como un guante, como un guante de Godzilla, eso sí, no eran tiempos de Slim Fit. Las ligas de Tenerife y el Barsa de Stoichkov y Romario estaban acabando con mi vocación y me exilié a Riazor unos meses. Tras varias charlas con mi padre sobre lealtad y un gol de Míchel, volví a la senda de los ganadores, fue un año complicado para un madridista de quinto de EGB.

Un señor canoso, con acento de aldea, había forjado un equipo muy competitivo. Un portero sobrio, defensa de tres centrales y laterales largos, la zurda de Fran y un brasileño que no paraba de meter goles, Bebeto, que meses después protagonizaría una instantánea que pasaría a la historia, la icónica celebración acunando al bebé en un Brasil-Holanda legendario. Así nació el superdepor. Esa temporada se quedaron a un penalti, que no entró, de ser campeones y la siguiente, la del cromo de Amavisca que nunca salía, volvieron a ser segundos.

Tras los Fran, Bebeto y compañía pasarían jugadores de primer nivel como Rivaldo, Naybet o Makaay. De Arsenio a Irureta se dio un salto y el equipo ganó títulos, la liga del efecto 2000 y la copa del centenariazo fueron los más importantes. Hazañas europeas históricas como la remontada ante el Milan entre incienso y nazarenos, en una primaveral tarde de miércoles santo. Hay algo que se mantuvo en todo este tiempo glorioso, el jugador con el que nació y murió el superdepor, una leyenda que tiene una calle con su nombre en Coruña, y uno de los mejores mediocentros defensivos que ha dado el fútbol. Mauro Silva fue un líder dentro y fuera del campo, buen jugador y buen tipo. La depresión tras su retirada no se ha superado y el salto al vacío les ha llevado al pozo de la Segunda B.

En otros tiempos me habría alegrado. El amor por aquel Depor de Arsenio se convirtió en odio. Cuando estuvimos 150 años sin ganar en Riazor, ver a Obélix en la grada mientras los jugadores bajaban del autobús con la melodía de Desafío Total era el preludio de otra derrota. Pero el taconazo de Guti a Benzema limpió las rencillas a golpe de chistera. En la última década he recuperado la simpatía por ellos, un equipo que me sabe a Boca Bits y gelatina de fresa, a «alemanas» y «goles reñidos» en patios de colegio sin luz, a PC Fútbol y a fichajes bis en cromos de pretemporada. Está siendo muy triste verles perder la dignidad agarrándose a un clavo que ni siquiera arde, bajando las escaleras al infierno como Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses, sin pretexto alguno que justifique su caída. Que alguien encuentre la vacuna para este Depor y vuelva pronto a la vieja normalidad.