La Claqueta del Outsider
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Mundanidades

Tú siempre reías

«¡Carlos, las 7 y media, ya no te llamo más!» Todos los días me engañaba con la hora para que no llegara tarde a clase. Me sentaba en la cocina y volcaba la bolsa de Frosties o Smacks en aquella taza blanca con 3 rayas (azul, amarilla y roja). Debía de ser una taza legendaria, porque hace poco salió en un capítulo de Cuéntame cómo pasó. Yo sabía, más que de sobra, que no eran las 7:30, «mamá, si sé que no son y media», a lo que ella, con su bata rosa y blanca y su coleta rubia, respondía con sorna, «ese reloj va con retraso», mirando con media sonrisa el reloj redondo que había encima de la puerta de la cocina. A su lado, Mickey, su prolongación en la cancha, haciendo guardia pretoriana, esperando a que su ama le lanzara el último trozo de magdalena voladora como recompensa a su lealtad.

Si querías saber donde estaba mi madre, bastaba con poner un GPS a Mickey, nuestro cocker spaniel color canela, un hater de todo aquello que no fueran las faldas y las croquetas de mi madre. Antes de que yo saliera de la cama, ya me había preguntado si «los del tigre o los de la rana», así los llamaba ella, para saber si el maridaje era cola cao o leche sola, mis cosas. Daba las primeras cucharadas a los kellogs, mirando al vacío, sin decir nada, pensando en la siesta de 12 horas que me iba a echar y en por qué me quedé viendo el Mississipi, entonces ella me decía «si es que por la noche no tenemos prisa, tipi». Y empezábamos a bromear, como siempre.

Cuando no estábamos hablando de nada, la rutina era inventarme que iba a hacer alguna estupidez, para tomarle el pelo, y ella decía «ya te guardarás tú». «Que sí, mamá, ya lo verás». Ella rompía en carcajada y sentenciaba «anda, niño, cada día estás más tonto». Nos encantaba vacilarle y a ella que lo hiciéramos. Desayunar nunca volvió a ser lo mismo. Esos reconfortantes 15 minutos me hacían enfocar la mañana con una sonrisa.

Su único propósito era ver nuestra cara cuando íbamos llegando a casa a mediodía y ya por el pasillo gritábamos «cocidoooo», como si fuera un gol de Raúl, que siempre fue su favorito. Javi y yo solíamos abrazarla y bailábamos o saltábamos con ella celebrando ese gol de champions que era comerse un cocido de los suyos una vez por semana. A Elena también le sale buenísimo, mamá, siempre repito. Estarías orgullosa del hogar que hemos formado y del nieto tan bueno que tienes.

Qué tardes de fútbol y toros pasábamos en el salón, con las historias del abuelo, él tan tomasista y tú tan poncista. No nos faltaba una fantita de naranja y unas cortecillas, como llamaba el abuelo a los Boca Bits. Cuando había aforo completo, tú lo veías en la salita y yo corría desde el salón a abrazarme contigo cada vez que marcaba nuestro Madrid, aunque fuera un amistoso. Qué bien lo pasamos el único día que fuiste al Bernabéu, en aquel Madrid-Mónaco.

Y el campo, qué veranos tan largos y qué cortos se nos hacían. Cuando pitaba el panadero, salías a la puerta y aprovechabas para hablar con Fausti y con «la yeya» sobre lo que íbamos a comer en cada casa y sobre los cabreos que nos cogíamos Rober y yo jugando a lo que fuera. «Ya no te compro más raquetas», me decías cuando llegaba de la pista de tenis con la raqueta como un acordeón. Al día siguiente, me comprabas otra raqueta. Nunca supiste decirnos que no, tu mayor defecto, que ahora recordamos como virtud. Ni sabías, ni querías. Porque tu única forma de ser feliz era hacernos felices a los demás, sobre todo a tus hijos.

Durante 366 días interminables no he dejado de pensar en los viernes cuando salíamos de la guarde y me comprabas unas chuches en el estanco de al lado, porque era viernes, y la abuela tenía pollo asado. Y yo te contaba que tenía dos novias, y te reías, tú siempre te reías. No he dejado de pensar en la noche que nos mudamos al paseo, el día antes de mi noveno cumpleaños, la mudanza a medio hacer y yo jugando un partido con los muñecos mientras veíamos «Lo que el viento se llevó» en antena 3. Lo recuerdo como si fuera ayer, «memorístico» me decía siempre Javi cuando me acordaba de cosas imposibles, y a ti te encantaban las vueltas que daba para contar las cosas, con todos los detalles. Y te reías, siempre te reías.

No he dejado de pensar en cómo sonaba tu voz cuando me dormía sobre tu abdomen en el sofá viendo la peli de los sábados mientras me enredabas el pelo hasta que caía redondo, y luego me llevabas en brazos a la cama. ¡Qué paz! También me acuerdo mucho de cuando ya era mayor y los días que había salido me decías «anoche viniste tarde, que no te sentí». Y cuando ya estaba en Madrid, y los domingos me llenabas el maletero con tupper para dar de comer a todo Argüelles durante un mes. Mis amigos tan contentos, tu boloñesa y tus croquetas tuvieron club de fans por toda la península.

La bronca que te eché cuando «se te olvidó» echarme las botas de fútbol en la maleta porque yo llevaba un tiempo jugando con el menisco roto y tú no querías que jugara hasta que me operaran. Me muero de pena cuando recuerdo lo injustos que éramos contigo con estas cosas, aunque nunca nos lo tenías en cuenta.

Éramos felices con la mundanidad de un desayuno contigo en la cocina y no lo sabíamos. Tú siempre lo supiste, por eso siempre reías.

Hace un año que te fuiste y todavía no he tenido fuerzas para ir a verte al cementerio, ni para entrar en casa, pero sé que no te enfadas, porque tú siempre te ríes, mamá. Te prometo que iré pronto y le preguntaré a Rodrigo si quiere cereales del tigre o de la rana mientras le cuento todo esto y mucho más. Ojalá pueda darle la paz y el amor que tú siempre supiste darnos.